36. El Islam. Frenazo y destrucción

36. El Islam. Frenazo y destrucción

El optimismo que podría infundirnos una lección como la antrior se ve repentinamente tronchado por una catástrofe horrible: la aparición del Islam, con Mahoma, que impide la difusión del Cristianismo en muchas partes y en otras le arrebata Iglesias antes tan florecientes.

 

Sencillamente, una tragedia. Es la única palabra que resume adecuadamente lo que fue el Islam para la Iglesia. Sólo Dios sabría dar respuesta a nuestras preguntas y a nuestra angustia. ¿Por qué lo permitió en su Providencia?…

 

Como escenario nos trasladamos a la península de Arabia. Fuera de algunas ciudades casi litorales hacia el Africa ─entre ellas la Meca y Medina, animadas por un gran comercio, promovido sobre todo por judíos─, estaba muy poco poblada por beduinos dispersos que vivían pobres, de costumbres primitivas e inmorales, sin unión política alguna y paganos adoradores de muchos dioses.

Junto con los judíos, vivían también bastantes cristianos, unos eran católicos y muchos, los más, herejes nestorianos o monofisitas. Los árabes se consideraban los legítimos descendientes de Abraham por línea de Ismael, pero admiraban la sabiduría y religiosidad de judíos y cristianos, muy superiores a la de ellos.

 

Hasta que apareció un muchachito, nacido en la Meca hacia el año 571, el cual quedó pronto huérfano; pero a sus veinticinco años vino al fin a parar bajo el cuidado de una mujer cuarentona, pariente suya, que jugará un gran papel en su vida, Jadiya, con la cual se casó y de la que tuvo varios hijos, entre ellos la famosa Fátima.

El joven se llamaba Mahoma, tenía ciertos conocimientos de la religión judía y cristiana, y los aprovechará después para mezclarlos con su doctrina musulmana. Iluso, soñador, se dio a una austeridad profética, animado siempre por su mujer, hasta que se figuró iluminado del cielo por visiones que le convencieron ser un auténtico profeta de Dios.

Para él, no había más que un Dios, Alá, que eligió a Abraham; por Ismael, pasó su elección como pueblo escogido a los árabes; hubo profetas, entre ellos Jesús, pero que terminaban ahora todos en él, en Mahoma, último y único profeta de Dios en adelante.

 

¿Qué es lo que sabemos de Mahoma? Rigurosamente históricas, muy pocas cosas, sacadas todas del Corán y de su complemento el Hadit. Porque el Corán, su libro sagrado, no lo escribió él, sino sus discípulos, y, junto con el Hadit, recoge en innumerables capítulos o suras todas las enseñanzas y tradiciones del Profeta, con incontables leyendas que los mahometanos tienen como historia verdadera.

La actividad religiosa y profética de Mahoma comenzó por atacar a los ricos comerciantes de la Meca, los cuales se alzaron contra el pretendido enviado de Dios. Pero Mahoma supo levantar al pueblo pobre con su arenga: “¡Maldición al opresor, acaparador del dinero, como si sus bienes lo hubieran de hacer eterno! ¡Que sea precipitado en el abismo!”. Ya se ve que con semejante demagogia levantaba a todos en armas, a los pobres contra los ricos y a los ricos contra los seguidores de la nueva religión.

 

A tal punto llegó la lucha, que Mahoma hubo de huir de la Meca a Medina el año 622, la “héjira” famosa, inicio de la era musulmana. Acababa de morir su adorada mujer Jadiya, y Mahoma, con 49 años, se casaba con Aixa, una niña de 6 años, hija de su mejor amigo: Abubequer, aunque el escrupuloso Profeta no se acostará con ella hasta que cumpla 9 años y sea ¡toda una mujer! El carácter antes tímido del profeta se transformó en violento, sin escrúpulos de ninguna clase, de modo que para imponer su religión eran lícitos todos los medios, incluido el asesinato, esos medios que dieron origen a la idea de la “guerra santa”. El caso era “seguir” al Profeta, seguimiento que se tradujo con el nombre de “Islam”

Se le fueron agregando seguidores, de modo que cuando se sintió seguro atacó sin más a la Meca, hasta adueñarse de ella. En Medina había hecho edificar una mezquita en la cual se reunieran todos sus secuaces, los “creyentes”, llamados desde entonces “musulmanes”.

 

La Meca a la cual se dirigían ahora será en adelante el centro sagrado del Islam, con el templo la Kaaba, donde está la piedra negra de Abraham, símbolo de la divinidad, y la fuente o pozo de Zamzam, en la que Agar salvó la vida de su hijo Ismael. Todos los que no sigan al Profeta, serán los “infieles”, a los que habrá que hacer la guerra santa. Mahoma había logrado que se congregaran todas las tribus beduinas de Arabia, a la que dio unidad nacional. Su hija Fátima, casada con su primo Alí, será la que conserve la dinastía del Profeta en los siglos venideros.

 

Perdida su mujer Jadiya, Mahoma se casó con varias mujeres, nueve contadas con sus propios nombres, y después, según una estimación segura, por lo menos otras veinte más, esposas de seguidores suyos muertos en las batallas o hijas de sus aliados. Un harén de lujo, desde luego. En el Corán permitirá a sus seguidores cuatro mujeres legítimas, aparte de las que quepan en el harén según las posibilidades económicas… Si Mahoma tuvo su espléndido harén, con más esposas que las permitidas en el Corán, es porque a él le reveló el cielo: “¡Oh profeta! Te es permitido tomar las esposas que puedas mantener. ¿Por qué privarte de los placeres que Dios te permite? Tú quieres dar gusto a tus mujeres. El Señor es misericordioso” (!)…

Con este precedente del Profeta, se comprende lo que es la moral musulmana para los hombres, tan en contradicción con la esclavitud sexual de la mujer. Una sura tradicional cuenta que una mujer esperaba un hijo tenido por adulterio. Acudieron a Mahoma: ‘Que tenga el niño, y que después venga’… Al nacer la criatura, mandó el Profeta: ‘Que entreguen el niño a una nodriza, y a la madre que la maten lapidada’.

 

Así es la moral musulmana, aunque tiene otros elementos muy válidos, contenidos en los cinco preceptos fundamentales, que compendian toda su ley:

la profesión de fe, recitada siempre, “Sólo hay un Dios, Alá, y Mahoma su profeta”;

la oración, cinco veces al día; la limosna, a los pobres necesitados;

el ayuno del mes sagrado del Ramadán, de sol a sol, aunque por la noche pueden entregarse a todo exceso si quieren;

y la peregrinación a la Meca una vez en la vida, si bien queda dispensada por falta de recursos o puede hacerla otro en nombre del impedido.

 

Respecto de la otra vida, admiten el cielo y el castigo en un infierno, pero el cielo es de los más refinados placeres sensuales.

La gran suerte del Islam es ser monoteísta, adoran a un solo Dios, que es precisamente el Dios verdadero, el Dios de Abraham, el de los judíos y el de los cristianos. Mahoma, con el culto a Alá, acabó con todos los ídolos y con toda la magia de las tribus beduinas de Arabia. Aprovechó para sus enseñanzas elementos judíos de la Biblia en el Antiguo Testamento y otros cristianos de los Evangelios, pero acomodados todos a su doctrina propia del Islam.

 

Con una doctrina tan sencilla y comprensible para el pueblo ─“Alá es el único Dios y Mahoma su profeta”─ y una moral tan ligera y nada exigente como la de los cinco puntos, pronto se adueñó de la mentalidad religiosa de los pueblos a los que llegaba.

Porque Mahoma se lanzó a la conquista más desenfrenada. Seguro con sus tropas y con tantos creyentes que le seguían, su ambición ya no tuvo límites.

Al morir Mahoma el 8 de Junio del 632, a los 63 años, no había podido ver hasta dónde llegarían sus seguidores, a los que había dado la consigna: -Hagan la guerra santa contra todos los que no creen en Alá y en su profeta. . . La guerra santa daba a los vencedores el derecho a todo el botín conquistado, y a los caídos en la batalla les abría sin más las puertas del cielo. ¿Quién iba a detener a los guerreros que gozaban de semejantes promesas?

 

Los ejércitos musulmanes se mantendrán quietos en Arabia durante bastantes años después de la muerte de Mahoma. Pero al lanzarse más allá de sus fronteras antes de acabar este siglo séptimo, lo harán con unas conquistas relámpago que casi no se explican. Caerán primero Siria y Palestina. Después les tocará el turno a Mesopotamia, Persia, Egipto, el Norte entero de Africa y España. Su ímpetu se detendrá en el Sur de Francia, al perder en el año 732 la batalla de Poitiers, cien años justos después de la muerte del Profeta. Sólo pudo resistir Constantinopla, que mantenía el Imperio Romano de Oriente; pero al fin, en el siglo XV, será también musulmana al caer en el año 1453 bajo el poder otomano.

 

Nada cuesta imaginarse lo que el Islam significó para el Cristianismo. Conquistado por los mahometanos todo el Oriente y todo el Norte de Africa, las excursiones apostólicas hacia el Asia y el interior de Africa se detuvieron por muchos siglos.

Y fue lamentable sobre manera que desaparecieran para siempre aquellas Iglesias apostólicas de Asia y todas las de Africa. Porque el Islam, sobre las tierras conquistadas en las que dejaba como jefes sus Califas ─“Vicarios” de Mahoma, el Profeta─, proponían su fe a todos los habitantes, que habían de dejar de ser “infieles”, o no tenían más remedio que pagar los graves impuestos a que eran sometidos quienes no admitían la fe musulmana.

La Reconquista española, las Cruzadas… nos van a dar materia para varias lecciones. Por ahora, sólo hemos empezado con una idea sobre el Islam.

 

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