110. América, un nuevo mundo Católico (III)

110. América, un nuevo mundo Católico (III)

Arrancando de Perú, vamos a ir hacia el Sur de América para remontarnos después al Norte, hasta Canadá. Muy breve todo, es cierto.

 

Bolivia podía haber quedado comprendida con Perú en la misma lección anterior. Y para entendernos ahora, llamaremos desde el principio Sucre a la diócesis que se llamaba La Plata, Charcas y Chuquisaca. Los conquistadores codiciaron estas tierras sobre todo al ser descubiertas en 1545 las minas de plata de Potosí. Religiosamente dependía todo de Cuzco en Perú, pero el papa Julio III en 1552, a petición del emperador Carlos V, creaba la diócesis de Sucre, inmensa, de un millón y medio de kilómetros cuadrados. Descubiertas aquellas tierras, llegaron algunos clérigos, hasta que se hicieron presentes los dominicos, franciscanos y mercedarios. La evangelización fue lenta por la enormidad del terreno. Aunque en 1606 el papa Paulo V dividía la diócesis en tres: Sucre, La Paz y Santa Cruz de la Sierra. Aquí nos quedamos, para seguir después ya en la edad Moderna.

 

Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, las llamadas hoy el Cono Sur, aunque tan importantísimas en la Iglesia de Suramérica, las tenemos que mirar en conjunto, ya que su evangelización iba paralela con la acción de los conquistadores, y por ser territorios tan extensos nos encontramos con la misma dificultad que con Bolivia. ¿Nos podemos imaginar que en un principio dependían todas del obispado de Cuzco?… Basten, pues, unas nociones sobre cada una. En la Edad Moderna volveremos sobre todas ellas.

Hasta 1535 no se emprendió la inspección y conquista de Chile por Pizarro, que mandó allí a Almagro, con el cual iban un clérigo y dos Padres mercedarios. Fundadas las ciudades de Santiago en 1541, La Serena en 1547 y la Concepción en 1550, todas ellas dependían de Cuzco, pero en 1561 era erigida la diócesis de Santiago. Evangelizadores de Chile, como siempre: los franciscanos, que se establecían en 1553; los dominicos en 1557; los jesuitas en 1593, y los agustinos en 1595.

Argentina fue descubierta mucho antes, ya en 1516 por Juan Díaz de Solís, y reconocida después con las expediciones de Magallanes en 1520, el cual llevaba consigo a los sacerdotes Pedro de Valderrama y Pedro Sánchez de la Reina, los cuales el día 1 de Abril de 1520 celebraron la primera Misa en la Patagonia. Sebastián de Gabaoto, remontando el Paraná en 1527, construyó el fuerte Sancti Spirtus, donde se construyó la primera capilla estable en la cual el sacerdote Francisco García evangelizaba a los indios, y fue el primero que autorizó y celebró en este lugar matrimonios entre españoles con indias.  Esto, hasta que por mandato de Carlos V llegaba Mendoza en 1536 y fundaba Buenos Aires, donde ya se construyeron varias capillas y, por Ruiz Galán en 1538, la primera iglesia dedicada al Espíritu Santo. A lo largo de todo este siglo fueron llegando expediciones de los misioneros de siempre, franciscanos, dominicos, mercedarios, agustinos y jesuitas, todos con páginas auténticamente brillantes, aunque sobresalgan los jesuitas con la fundación de la universidad de Córdoba y las reducciones,  método el de las reducciones ensayado antes por los franciscanos en la Magdalena y la Socotonia allá por Tucumán, pero hecho célebre por las de los jesuitas en Paraguay, en las que reunieron a más de 150.000 indios, y que contaron con los mártires San Roque González, Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo. Entre todos los misioneros de esas Órdenes religiosas tan beneméritas, pronto cristianizaron estas prometedoras tierras de Argentina, de Uruguay empezando por Salta, y con Asunción en Paraguay. 

San Francisco Solano, franciscano, fue el gran apóstol venido desde España, que llega a Cartagena y por Panamá, en un viaje de epopeya, llega hasta Perú, de donde sale para Argentina escalando las altísimas montañas de los Andes. Tucumán, Estero, Paraguay son los campos de su apostolado asombroso. Pero su caso más llamativo ocurrió en La Rioja. Se dan cita en ella cuarenta y cinco caciques indios de los que no se esperaba nada bueno… Y Francisco, el Jueves Santo, organiza la procesión devota con hombres disciplinantes. Desnudos de cintura arriba, iban dándose golpes despiadados en memoria de la flagelación de Jesús y en penitencia de sus pecados propios. Los caciques se conmueven, se convierten, se hacen bautizar y se calcula que llegaron a nueve mil los que abrazaron la fe católica entre los indios de sus tribus. Francisco, mandado por obediencia, regresó a Lima, donde murió en 1610.

 

Brasil necesitaría una relación muy extensa. Cinco franciscanos acompañaban a Cabral cuando se dirigía a Oriente y tocó las costas de Brasil. Nada especial. Allí clavaban una cruz y llamaban al lugar Bahía de Santa Cruz. Varios franciscanos más en otras expediciones, especialmente en 1534 y 1558, y en 1550 ya tenían instalados varios conventos. Para finales de siglo, eran muchos y habían sido los primeros y grandes evangelizadores de estos territorios inmensos. Pero pronto iban a tener a su lado a los jesuitas, casi recién fundados, mientras Javier misionaba todavía por la India y Japón. En 1549 llegaban a San Salvador los seis primeros con el Padre Manuel Nóbrega en la expedición del gobernador Sousa, y en 1553 mandaba San Ignacio a un joven escogidísimo, Ignacio de Anchieta, todavía estudiante. Los jesuitas van a ser en Brasil unos misioneros formidables. Catequizan a los indios, fundan colegios, abren uno el 25 de Enero de 1553, y llaman al lugar Sao Paulo en honor del Apóstol en su fiesta… Conocemos la “fracasada” expedición de los cuarenta jóvenes con el Padre Azevedo, martirizados por los calvinistas (lección 106). Cuarenta más, y todos tan jóvenes, ¡lo que hubieran podido hacer!… Al final del siglo, jesuitas y franciscanos lo llenaban todo.

El Beato José de Anchieta merece una mención especial. Antes de ser ordenado de sacerdote, ya se ha convertido en un apóstol de alta categoría. Las dos tribus de los tupís y los tumayos se odiaban a muerte. Los tupís eran bellos, alegres, amorosos, y los tumayos horribles antropófagos. Llega una expedición de calvinistas, hugonotes franceses, y para que la religión católica no avance y para arrebatar Brasil a Portugal, les enseñan expresamente a los tumayos a vivir con toda inmoralidad pues así los tienen contentos. Anchieta ve clara la situación, y se ofrece a su Provincial, que, con miedo, le permite meterse con los tumayos, pero le da como compañero a Antonio, un buen criado de los jesuitas. ¡Pobre Antonio! Lo agarran los tumayos, lo matan ante los ojos de Anchieta, y hombres y mujeres se lo comen crudo en banquete canibalesco. Tres meses pasa Anchieta con aquella tribu horrible, y, todavía no sacerdote, hay que ver cómo fue tentado en su castidad tan delicada. Fino poeta, escribía versos en la arena a la Virgen ─“Tu gracia me alentó con amor de Madre”─, los corregía, se los aprendía de memoria, y después los copiará para recuerdo y edificación nuestra. Al fin queda libre, regresa a sus hermanos de comunidad, es ordenado sacerdote, y nueva vida para este héroe, muy preparado en letras y ciencia, hasta que muere en 1597 después de un apostolado apasionante. 

Marchamos ahora al norte de América, a Canadá, adonde había llegado también el Evangelio en esta época llevado por misioneros franceses. Nos atenemos sólo a las misiones que caen dentro de la Edad Nueva que historiamos. El marino francés Cartier llegó a aquellas tierras en 1534 y plantó la Cruz en Québec. Sus dos capellanes trataron de fundar alguna misión, pero todo desapareció, igual que las misiones fundadas por los años 1606-1610. Hasta que en 1611 hicieron acto de presencia los jesuitas Padres Massé y Biard, que trabajaron bien pero hubieron de retirarse en 1613. Vienen los franciscanos de Francia, en 1615 y sólo consiguen bautizar a unos 140 indígenas. ¡Todo difícil! Los mismos franciscanos llaman a los jesuitas, que llegan en 1625. Hacen prodigios de apostolado los Padres Massé, Llallemant y Brebeuf, los cuales han de marchar al ser invadida la tierra por ingleses protestantes. Con la reconquista de los franceses en 1632, se hacen presentes otra vez los jesuitas de antes, que se meten con las tribus de los hurones, los iroqueses y los algonquines. ¿Frutos?… Muy pocos. Semilla que se siembra, que germina lentamente y llegará a sazón mucho más tarde.

Los Mártires del Canadá escribieron con su sangre una página muy gloriosa en la Historia de las Misiones. Aquellos ocho jesuitas fueron canonizados juntos, aunque murieron separadamente y en fechas diferentes entre los años 1642-1649. Los más señalados fueron los Padres San Juan Brébeuf e San Isaac Jogues. A este último lo ven los iroqueses celebrar Misa y le cortan los dedos para que ya no sostenga la sagrada Forma, y al fin lo matan degollado junto con su compañero el Hermano Juan de Lalande… Al Padre Daniel lo acribillan con una nube de flechas cuando entraba en la misión. Igual le pasará al Padre Garnier. Al Padre Chabanel lo degollaba un cristiano apóstata. Aunque lo horrible, lo que no se puede ni narrar, es lo ocurrido con el Padre Brébeuf, al que le sangran todo el cuerpo, lo queman con leznas rusientes, le arrancan trozos de carne de los muslos y se los comen en su presencia. Le sajan los labios, la lengua, la nariz. “Y para que tengas un nuevo bautismo”, le echan por tres veces en la cabeza y espalda agua hirviendo. Lo cubren con flechas ardientes, lo dejan así por tres horas, y al fin muere de un hachazo en la cabeza. E igual martirio le dan a su compañero el Padre Lallemant.

El Canadá francés fue regado con mucha sangre. Ya llegarán los frutos copiosos.

 

No acabamos aquí la historia de la Iglesia americana, aunque las tres lecciones que le hemos dedicado nos dan una idea suficiente para adivinar la Providencia de Dios cuando se perdía gran parte de Europa. Este siglo de mitades del 1500 a las del 1600 es solamente el principio. Volveremos a él en la Edad Moderna. Llegará día en que un apóstol grande y genial, San Antonio María Claret, arzobispo en Santiago de Cuba, escribirá unas palabras famosas y muy atinadas: “América es la viña joven de la Iglesia, y saldrán de ella más almas para el Cielo que de Europa, que es viña vieja”. Le perdonamos al Santo eso de Europa, pero nos gozamos de la verdad primera: América, viña joven…

 

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