104. Los grandes santos de esta época (I)

104. Los grandes santos de esta época (I)

Nos conviene conocerlos. Son muchos, pero nos fijaremos sólo en algunos más sobresalientes. Y serán de los que hayan muerto antes del año 1648 en el que nosotros acabamos la Edad Nueva. Por orden cronológico de su muerte.

 

San Jerónimo Emiliani, veneciano, empieza con una juventud aventurera de soldado ligero, disipado, divertido, juerguista, hasta que cae prisionero y aprende en la cárcel lo que es la gravedad de la vida dura. Logra escaparse de la prisión, se convierte y se da a la Virgen en una iglesia de Treviso, norte de Italia, en la que cuelga las cadenas de prisionero como un exvoto a la Virgen María a quien se había consagrado. Permanece laico, sin abrazar el sacerdocio, para entregarse con heroísmo a los apestados; busca a los niños pobres, y les enseña el catecismo; se hace con un grupo de compañeros, ¿y qué les parece, les dice, si consagramos  la vida a los niños huérfanos, los más abandonados de todos?… El caso es que abre el noviciado en Somasca ─de ahí el nombre de Somascos a su Institución─, y desde entonces los vemos a todos ellos entregados a los niños como papás verdaderos. Nuevamente la epidemia, y muere en 1537 al contraerla él mismo cuando se dio sin reservas a cuidar a los apestados. Jerónimo, tan humilde, y una vida tan heroica. Era uno de los frutos de la reforma emprendida en Italia con los Oratorios del Divino Amor.

 

San Juan de Dios, portugués, aunque pase como español, porque a los ocho años se escapó de su casa camino de España. Soldado, le acusan de un robo y es condenado a la horca. Le llega a tiempo el indulto, y otra vez al ejército, hasta Hungría. Después de recorrer media Europa, otra vez a España. Una vida de aventuras como para una novela divertida. A sus cuarenta y dos años, escucha un sermón a San Juan de Ávila, se conmueve, rompe a llorar, y exclama como un loco: ¡Misericordia, Señor!… Se dirige a la gente por las calles, gritando: ¡Péguenme fuerte, que soy el mayor pecador del mundo!… Lo toman por loco, lo encierran en el manicomio, y todos ven que sí, que era un loco rematado sin remedio posible… Porque lo dice de tal manera, que todos lo creen de verdad. Era una locura divina. Sale por la calle, y encuentra una casa con el letrero: Se alquila para pobres. Juan no tiene un centavo, pero se arriesga, la compra, le mete cuarenta camas, y aquella casa se convierte en el primer hospital del mundo moderno. Y hace la profecía sobre los Hermanos que va a fundar: “Vendrán después hermanos nuestros que levantarán muchos y magníficos hospitales”. De momento, él tiene bastante con el que cuida en la ciudad de Granada. Un día se le aparece la Virgen con el Niño desnudo, y le dice: Juan, vísteme a Jesús, para que aprendas a vestir a los pobres. Los prodigios de aquel hospital se hacen célebres por toda España y legan hasta Roma, que conmueven al Papa como habían conmovido al rey Felipe II. ¿Médico ahora sólo de los cuerpos? No, antes lo es de las almas. Por eso dice a sus encomendados: Cúrese primero el alma, porque teniéndola sana, Dios se cuidará de sanarle también el cuerpo. Un día recoge Juan en plena calle a un pordiosero cubierto de llagas repugnantes. Juan se lo lleva y lo cura en el hospital. El enfermo se transforma, transfigurado de repente en Jesucristo, que le dice: Juan, cuando socorres a los enfermos y a los pobres, me lo haces todo a mí mismo. Y desaparece dejando a Juan con los mismos resplandores del Tabor. Juan dice sencillo a los que se admiran: ¡No es nada! Este fuego y luz que ven es el amor divino que me pasan los enfermos, dejado a ellos por el mismo Jesucristo…

Juan de Dios muere en 1550. Cuarenta y dos años de un pecador loco, contrapesados por doce años de un loco a lo divino… ¿Y su obra? Desde muy antiguo existían los hospitales de la Iglesia, pobres siempre, pero con laudable caridad cristiana; desde ahora, Juan de Dios les empieza a dar en Granada una asistencia técnica, totalmente nueva.

 

San Pedro de Alcántara, español franciscano, pasa como uno de los santos más penitentes de la Iglesia. “Cuado yo le conocí era ya muy viejo, y su cuerpo estaba tan débil y vacilante, que parecía más bien hecho de raíces y corteza de árbol que de carne”, dirá de él graciosamente su admiradora y amiga Santa Teresa de Ávila, a la cual se le aparecerá después de muerto, y le dirá las tan conocidas palabras: ¡Oh bendita penitencia, que tanto peso de gloria me ha merecido!… Todos sabemos la vida principesca que se daban los Papas, obispos, sacerdotes y muchos religiosos en aquellos tiempos del Renacimiento. Pedro de Alcántara quiere reformar la vida religiosa de su Orden, y empieza a enfrentarse con aquella vida de despilfarro en los eclesiásticos llevando la pobreza y la austeridad a límites inconcebibles, con la vida en su celda de dos metros, la mitad de la cual se la llevaba la “cama” de tres tablas. Ante el deseo general de reforma en la Iglesia, dio muy sencillamente su opinión: “El remedio es muy sencillo. El primer paso sería que vos y yo fuésemos lo que deberíamos ser. Si todos hicieran eso, el mundo sería perfecto. Lo malo es que pensamos en reformar a otros antes de reformarnos a nosotros”. Por lo bien que se entendió con Santa Teresa, lo mejor es escucharla a ella misma: “Me dijo, si mal no recuerdo, que en los últimos cuarenta años no había dormido más de una hora y media por día. Al principio su mayor mortificación consistía en vencer el sueño, por lo cual tenía que estar siempre de rodillas o de pie. Estaba acostumbrado a comer cada tres días y se extrañó de que ello me maravillase, pues decía que era una cuestión de costumbre”. La reforma de los franciscanos que llevó a cabo le trajo muchos disgustos, como es de suponer, pero también una admiración extraordinaria. Lleno de ciencia divina infusa en su altísima oración, era un gran consejero de almas, y por eso, antes de morir en 1562, ayudó tan eficazmente a Santa Teresa en la reforma del Carmelo. La rama de sus frailes reformados duró hasta que el papa León XIII en 1897 la unió a la Orden de los Franciscanos Observantes.

 

San Juan de Ávila, es un santo de talla extraordinaria. Predicador formidable, acabamos de ver en San Juan de Dios lo que hacía con sus sermones. La doctrina sublime que nos dejó escrita en sus obras de nuestra literatura clásica, le ha merecido el título de Doctor de  Iglesia que le ha concedido el papa Benedicto XVI. Y de su vida decía San Ignacio de Loyola que, de perderse los Evangelios, bastaría mirar a Juan de Ávila para poderlos recomponer de nuevo. Por los prejuicios y normas de entonces, Juan, judío español, no pudo entrar en la Compañía de Jesús, a la que tanto admiraba. Y al ver fundada la Compañía, con gran humildad renunció él a fundar una Orden que hubiera sido un calcar la obra de Ignacio. Mientras estudiaba en la Universidad de Alcalá, murieron sus padres, y ordenado sacerdote, repartió su rica herencia entre los pobres. Quiso ir de misionero a México, pero el arzobispo de Sevilla le respondió: “Tus indias están aquí”. Comprendió su vocación. Dios lo quería predicador por toda España como reformador de las costumbres cristianas. Al joven sacerdote que le preguntó: ¿Qué he de hacer para ser buen predicador?, Juan  le respondió escuetamente: Amar mucho. Era lo que hacía él: para convertir a las almas, se preparaba los sermones, dicen, con cuatro horas de meditación diaria. Fue consejero de santos como Ignacio de Loyola, Francisco de Borja, Teresa de Jesús, Juan de Dios, Pedro de Alcántara, Luis de Granada…; éste último ilustre dominico escribió la Vida del Maestro Avila, muerto en 1569, después de una vida apostólica del todo extraordinaria. Amantísimo de la Virgen, escribió de Ella esta frase tan bella: “¿No tenéis devoción a la Virgen? ¡Harto mal tenéis, harto bien os falta! Más quisiera yo vivir sin pellejo que sin devoción a María!”.

 

San Francisco de Borja fue una de las figuras más notables de estos tiempos. Biznieto del papa Alejandro VI, ha inmortalizado a la famosa familia de los Borja  ─Borgia, la llamaron en Italia─, que en la Historia de la Iglesia comienza con el papa Calixto III en el siglo XV. Un día le pide el emperador Carlos V: -Francisco, Cataluña necesita un hombre como Vos. ¿Aceptas ser el Virrey de Cataluña? Francisco, ahora Virrey además de Duque de Gandía, desempeña con competencia su cargo en Barcelona, pero al morir su esposa Leonor en 1543, vuelve a Gandía, funda un colegio universitario en su ciudad encomendado a los jesuitas; por consejo de San Ignacio, con quien se cartea, y para ser un día sacerdote, cursa la Teología en la cual se gradúa con brillantez, y secretamente hace la profesión en la Compañía sin que lo sospeche nadie, pues como escribió Ignacio: El mundo no tiene orejas para oír tal estampido. Dejados en orden los asuntos familiares con sus ocho hijos, el año 1550 marcha a Roma “para ganar el jubileo del Año Santo” ─así lo que cree la gente, que le despiden alborozadas con un ¡Buen viaje!, es  recibido en Roma por el mismo San Ignacio, al que sucedería como tercer General de la ínclita Orden. Sabida la noticia, esta vocación fue en Roma y en toda Europa un verdadero bombazo: ¡El Duque y Virrey, jesuita!…  El Papa, a propuesta de los reyes Carlos V y Felipe II, lo quiere crear cardenal, cosa que él no acepta de ninguna manera. Ignacio piensa lo mismo: ¡No! Porque con su humildad y pobreza tan ejemplares hace más bien en las almas que con todos los cargos y dignidades. ¡Su humildad! Cuando caminaba por las calles, iba arrimado a las paredes como para ocultarse de todos y no se espantasen de aquella indignidad. Se consideraba lo más abyecto del mundo, y se firmaba así: Francisco, el pecador, hasta que se lo prohibió San Ignacio. Comisario de la Compañía en España, consejero de los Reyes, director de muchas almas, entabla también contacto y amistad con Teresa de Jesús. Era un hombre todo de Dios. Al entrar en un templo, sin levantar la mirada del suelo ni ver la lamparita roja, como por instinto adivinaba dónde estaba el sagrario y se iba directo a postrarse a los pies del Señor. Muerto el Padre Laínez, sucesor de San Ignacio, es elegido Prepósito General de la Compañía el Padre Francisco de Borja, que morirá en Roma el 1572. En el lecho de muerte, le asiste el Hermano Melchor, que le pregunta: “¿Quiere algo más?”. La respuesta resumía el sumo ideal cristiano: “Basta Jesús”. Fueron sus últimas palabras. Se extinguía la vida de un hombre del que se dijo con acierto: Grande por todos los costados que se le mire.

 

 

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