103. Órdenes religiosas renovadas y nuevas

103. Órdenes religiosas renovadas y nuevas

Todas se merecen nuestra admiración. No hubo una que no tomara en serio la reforma; más aún, la reforma empezó en muchas de ellas antes de que se la viniera a imponer el Concilio de Trento. Surgieron además otras nuevas muy meritorias. 

 

Por la gran significación que tuvo, empecemos por decir que aquí vamos a prescindir de la Compañía de Jesús, a la que dedicamos con San Ignacio una lección especial, como se hizo con San Benito, Domingo y Francisco. Nada diremos de los Dominicos, que se conservaban vigorosos, reformados por ellos mismos, y que en Trento se lucieron con sus máximos teólogos de Salamanca como Cano, Soto y otros, que tanto influyeron en la reforma de la Iglesia, sobre todo con su papa San Pío V. De los Franciscanos hemos de decir únicamente que el Papa León X dividió a los Observantes de los Conventuales; por otra parte, vendrán muy pronto los Capuchinos, y serán tres las Órdenes, pero las tres plena y auténticamente franciscanas. Los Benedictinos, sobre todo con la congregación de San Mauro, y los Cistercienses emprendieron una profunda reforma para contribuir también al progreso de toda la Iglesia.

Merecen una atención especial son los Agustinos. El hecho de que salió de sus filas el nefasto Lutero podría dar la impresión de que era una Orden relajada. Nada más falso. Precisamente el mismo año 1517 de la revolución luterana, el general Padre Gil de Viterbo fue nombrado cardenal y presentó al Papa un magnífico plan de reforma. Después Seripando, vicario de la Orden y más tarde general, aunque no pudo hacer nada con el rebelde Lutero, fue un distinguido religioso y esclarecido teólogo en el Concilio de Trento, hasta merecer que le llamaran “Heraldo de la reforma”. De los Agustinos eremitas se desprendió una rama que se haría muy fuerte y tan valiosa misionera: los Agustinos Recoletos, así llamados por aquellas casas de retiro en que se reunían los que querían vivir una observancia más exigente, y de la cual se originaron esas ramas que llegaron a formar la nueva Orden.

 

Hemos de mirar las nuevas Órdenes que nacieron por estos días, y hay que empezar, diríamos, por un “prólogo” como fueron los Oratorios del Divino Amor, surgidos en Italia a finales del siglo XV y de los cuales habló Lutero de aquella manera (lección 95); eran asociaciones de laicos, dedicados a obras de caridad y expresamente a la reforma de la Iglesia. De ellos salieron varios movimientos de reforma, como los Teatinos de San Cayetano; los Barnabitas, del celoso misionero San Antonio María Zaccaría; los Somascos, fundados por San Jerónimo Emiliani, dedicados a los niños huérfanos y a los más pobres.

Estas Órdenes, por los fundadores, tuvieron su origen en los Oratorios del Divino Amor. Pero, independientemente de ellos, vinieron bastantes más Órdenes o Congregaciones que enriquecieron grandemente a la Iglesia en estos tiempos que tanto las necesitaban. Imposible detenernos en todas, y vamos a insinuar nada más aquellas más importantes, pero con tal que su fundación caiga antes del año 1648, cuando acabamos la Edad Nueva. Nada diremos de los fundadores, para los que guardamos dos o tres lecciones con breve semblanza de los grandes Santos y Santas de esta época.

 

Los primeros que se nos presentan son los Capuchinos, Orden gloriosa de verdad. Su fundador fue Mateo de Boscia, franciscano de los Observantes, pero que se retiró para vivir la regla de San Francisco en toda su pobreza y austeridad originales. Con los compañeros que se le juntaron vistieron todos un hábito pobrísimo, se dejaron la barba y usaban una capucha especial de la que les vino el nombre de Capuchinos. En 1528 los reconoció el papa Clemente VII. Sus dos primeros generales se retiraron, el mismo Mateo volvió a los Observantes, y la desgracia peor fue la apostasía de su general Bernardino Occhino pasado a los luteranos. La Orden se mantuvo firme. Ya en su centenario tenían unos 1.500 conventos distribuidos en unas 50 provincias religiosas. Tienen muchos Santos canonizados.

 

De los Carmelitas tendríamos que decir tanto… Teresa de Jesús emprendió la reforma de las monjas y pronto se empeñó también en la de los frailes, sirviéndose de Juan de la Cruz. Con los libros de los dos grandes Santos ─y ambos Doctores de la Iglesia─, no tenemos que inventar nada. Los Carmelitas, mujeres y hombres, desde Santa Teresa y San Juan de la Cruz, forman cuatro Órdenes distintas, los Calzados(as) y los Descalzos (as); las monjas en sus conventos de clausura dedicadas enteramente a la contemplación, y ellos entregados a la vida apostólica con gran tendencia a la vida contemplativa.

 

Los Escolapios, o de las Escuelas Pías, fueron fundados en Roma en 1597 por el español San José de Calasanz. Entregados a la enseñanza gratuita de los niños pobres con voto especial, además de los tres ordinarios de los religiosos, el Fundador fue el primero que obligó a la Iglesia como al Estado ─en cuanto de él dependió─ a hacer obligatoria la enseñanza de tanto niño como divagaba por las calles. La vida de San José de Calasanz por su obra es toda una aventura casi inexplicable de persecuciones y calumnias espantosas. Pero, de todo salió a flote, hasta el punto de ser considerada la Orden, como obra de Dios que era, como una de las más meritorias existentes en el campo de la enseñanza.

 

Los Oratorianos fueron fundados también en Roma por el florentino San Felipe Neri con algunos sacerdotes seculares. En 1564 establecía con ellos una Congregación en la que cada casa es independiente de las demás. Sus miembros no emiten los votos religiosos. Son notorios en sus iglesias por la dedicación ─prácticamente exclusiva─ de los sacerdotes al ministerio de las confesiones, con las que ejercen un apostolado extraordinario.

 

El Oratorio de Berulle se ha hecho famoso en Francia y en toda la Iglesia, inspirado en los mismos Oratorios de San Felipe Neri. Su fundador fue Pierre Berulle, que se dio a un apostolado ardiente y con seis compañeros fundó en París su Oratorio, que multiplicado después en muchos más, dio a conocer tanto a su fundador que el Papa Urbano VIII, a instancias del rey Luis XIII, en el año 1627 lo creaba cardenal. El Oratorio contribuyó grandemente a la reforma espiritual en Francia y otras muchas partes. Junto con el Oratorio de Berulle, nace en Francia el año 1642 fundada por el sacerdote Olier la Sociedad de San Sulpicio, meritísima por la formación del Clero en la dirección de los seminarios. Igualmente, en 1643 la Congregación de los Eudistas, así llamados por el fundador San Juan Eudes, que contribuyó mucho a la piedad con la devoción a los Sagrados Corazones

 

Los Camilos, así llamados por su fundador San Camilo de Lellis, italiano, llamados Clérigos regulares ministros de los enfermos. Su origen es hermoso. Camilo, soldado, fue herido en el muslo y los cuidados que le brindaron fueron muy deficientes. Curado, y convertido de su vida disipada anterior, pasados los treinta años abrazó la carrera sacerdotal y quiso atender a los enfermos mejor de lo que habían hecho con él. Aquí estuvo todo. Y se entregó a ellos con toda el alma, fundó la Orden que aprobó el papa Sixto V en 1586, y sus miembros se consagraron con heroísmo a los enfermos más necesitados, en especial a los afectados por la peste y epidemias generales, “como lo harían con el mismo Cristo”.

 

Muy especial mención merecen los Hermanos de San Juan de Dios, portugués, fundados en Granada, España, en 1540. Entusiasmado un obispo con el heroico fundador, llamado Juan, le añadió el de Dios, y con “Juan de Dios” se ha quedado el iniciador de los Hospitales tal como existen hoy en la Iglesia y en la sociedad. Sus miembros, llamados “Hermanos”, indican bien claro que son laicos, aunque tengan también algunos sacerdotes, pero todos, unos y otros, verdaderos religiosos con los tres votos ordinarios. La Orden se extendió rápidamente y sigue pujante hasta nuestros días.

 

Los Paulinos, cuyo nombre oficial es Sacerdotes de la Misión, fundados en 1625 por San Vicente de Paúl, aconsejado y dirigido por el cardenal Berulle del Oratorio, cuando ya había fundado anteriormente con Santa Luisa de Marillac su obra cumbre, las Hermanas de la Caridad, para las cuales sobran todos los elogios.

Esto de citar ahora a las Hermanas de la Caridad, nos lleva a recordar algunas Religiosas fundadas también en el tiempo que nos ocupa. Citamos sólo algunas más notables. 

 

Ya hemos mencionado a las Carmelitas Descalzas de Santa Teresa de Jesús. Sus “palomarcicos de la Virgen” han llenado la tierra, monasterios que han producido santas a montón. Cuesta encontrar algo más querido en la Iglesia. Las Ursulinas, por estar bajo la protección de Santa Úrsula, fueron fundadas por la italiana Santa Ángela de Mérici en 1535, al principio no emitían votos, aunque lo hicieron a partir del papa Paulo V en 1607, y se hicieron famosas por haber sido, prácticamente, el primer Instituto dedicado a la enseñanza de las niñas pobres. Las monjas de la Visitación, de clausura, fundadas en Francia el año 1610 por Santa Francisca Fremiot de Chantal con San Francisco de Sales, han sido muy queridas siempre, y su gloria mayor ha sido quizá Santa Margarita María de Alacoque, la gran confidente del Sagrado Corazón. La Compañía de María, de Santa Juana de Lestonac, francesa, religiosas de clausura, pero dedicadas a la enseñanza de las niñas y jóvenes.

 

Ante el panorama de estas Órdenes y Congregaciones religiosas, nacidas en los años en torno al Concilio de Trento, se ve patente hasta lo sumo la mano de Dios en favor de la Iglesia. Ante el mal enorme de la revolución protestante, Dios respondía suscitando por su Espíritu legiones de santos y de apóstoles como no se habían visto iguales nunca antes.

 

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